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Muerte. Cuento de Joan Chittister‏

Agradecer a mi amigo Alberto, que me ha enviado este cuento:

«¿Qué le dirías a un amigo íntimo que está a punto de morir?», preguntó Jiddu Krishnamurti a un pequeño grupo de oyentes. Las respuestas versaron sobre la necesidad de que tuviera confianza, sobre el hecho innegable de que todo tiene un comienzo y un final, sobre lo conveniente de mostrarle gestos de compasión… Krishnamurti los detuvo en seco: «Solo hay una cosa que se le puede decir para proporcionarle el consuelo más profundo –dijo-. Decidle que con su muerte una parte de vosotros muere y se va con él. Allá donde vaya, vosotros iréis también; no estará solo».


La muerte, en ocasiones, parece tan cruel, tan carente de sentido… Pero no es así. La muerte es lo que nos alerta al resto de nosotros respecto de la vida, puede que justamente cuando nos hayamos cansado de ella o, peor aún, cuando simplemente no seamos conscientes de ella.

La muerte es la llamada a mirar de nuevo la vida, esta vez con una mirada más sabia. La vida, para nuestros semejantes, no es una serie de luchas y contratiempos. Esto, al parecer, está reservado para los refugiados, las familias campesinas en terrenos desérticos, los campesinos del altiplano y los habitantes de las favelas. Nuestra vida, por otro lado, es una panoplia de oportunidades. No depende de la suerte; depende de lo que hacemos con ella, de cómo la enfocamos, de lo que hacemos con lo que tenemos, de cómo distinguimos entre deseos y necesidades y, sobre todo, de cuánto de nosotros invertimos en hacerla mejor, no solo para nosotros, sino para quienes carecen de recursos incluso para empezar a hacerla mejor para sí mismos.

La muerte, la conciencia de su llegada, es lo que nos llama a la vida más allá de la apatía, más allá de la indiferencia, más allá de la preocupación. La muerte nos recuerda que tenemos que vivir.

La muerte nos hace el regalo del tiempo. Nuestro propio tiempo y el tiempo de cuantos nos rodean, nos llama a detenernos y mirar los girasoles la próxima vez, a preocuparnos por los árboles siempre, a abrazar el planeta permanentemente, a prestar atención a nuestros amigos.

¡Enséñanos la brevedad de la vida,
para que entre la sensatez
en nuestra cabeza!

Salmo 90, 12

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