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FE, ESPERANZA Y CARIDAD

En el dolor y en el sufrimiento hay como un espacio común, por el que pasamos todos, pero es un espacio en el que muchas veces no queremos entrar, y cuando lo hacemos queremos huir de él, porque solidarizarnos con el sufrimiento del otro, también produce sufrimiento; pero, el expulsar de nosotros este espacio común nos impediría hablar de quién es el Dios de Jesucristo; de las relaciones de fe, esperanza y amor; y de relaciones de dependencia que se posibilitan.

Además, el creer precisa de una luz externa que nos es gratuitamente dada, y también de una luz interior que es capaz de otear desde el corazón y no sólo desde la superficialidad.

Con el paso de los años, nos damos cuenta que la fe, la esperanza y la caridad, llegan como dones, que nos hacen salir de nosotros mismos, ya no se trata de buscar culpables, sino con la confianza puesta en Dios aportar nuestro granito de arena al bien común, ver como Dios se abaja en forma de cualquier realidad que no llegamos a comprender y que consideramos injusticia, y nos invita a dar una respuesta, a salir de nosotros mismos, porque es también por medio de cada uno de nosotros como Dios se hace realidad, se hace vida, se hace presencia en los otros. Se trata de aprender a mirar al otro por ser otro, de encontrarnos con el rostro del otro y sólo ese encuentro me invite a actuar, desde el consentimiento, el desistimiento y el reconocimiento, porque ponerme ante el rostro del otro es ponerme ante lo divino.

Eso es la fe en último término, aprender a mirar en la misma dirección que mira Dios, a compartir su ángulo óptico, su perspectiva; de tal forma que terminemos viendo lo que Él ve, y por tanto surge una respuesta en forma de entrega, de servicio a los hermanos; sí fue Él, el Dios Trino, quién tomó la iniciativa y por eso nos sentimos llamados a ir más allá de lo que nuestras propias capacidades nos dan a entender que podemos hacer/ser/estar, siempre hay un más, y cuando miramos hacia atrás no comprendemos cómo ha sido posible poderlo realizar, aún así, seguimos caminando, confiando en la esperanza última que dinamiza nuestra vida hacia aquello que es prometido; esa esperanza es la que posibilita el sostenernos en la dirección y sentido de la realización de la existencia.

Sí, a partir de una experiencia que parece pasa inadvertida, Dios se hace presente, llega a nosotros como luz que ilumina nuestro interior, nuestro anhelo de salida, nuestra capacidad de ver la realidad y nos lleva más allá de lo que somos, hasta el ¡hágase en mí!.


Norka C. Risso Espinoza

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