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Diálogo con el ser querido


La muerte no es más que el paso a mejor vida.
No te aflijas ni te asustes.
No he hecho más que pasar a la otra orilla…
Sigo siendo yo. Tú sigue siendo la misma,
Lo que éramos el uno para el otro, seguimos siendo.
Llámame como siempre me llamaste;
con el mismo tono de voz y la misma mirada.
No debes adoptar una expresión solemne ni triste ante mi aparente muerte.
Sigue riéndote como más fuerza que nunca,
de lo que nos hacía reír juntos.
Eso sí, reza pero no por mí, sonríe, piensa en mí,
reza conmigo a Dios que nos ayudó a caminar juntos.
Que mi nombre se pronuncie en casa como siempre,
en voz alta…
sin énfasis alguno, sin huella de sombra helada,
porque la vida es lo que siempre fue: el hilo sigue.
¿He de salir de tu pensamiento sólo porque no me alcanza tu vista?
No estoy lejos, sólo a la vuelta del camino…
Soy invisible para ti, pero no ausente de ti.
¿Lo ves? Todo está bien hoy para mi, mañana será para los dos.
Volverán a encontrarse los sentimientos,
volverás a encontrar todo lo que hay en mí.
Enjuga tus lágrimas y no llores, si de verdad me amas, no llores más, por favor.
¡si conocieras el don de Dios y lo que es el cielo,
si pudieran tus ojos contemplar los horizontes,
los campos nuevos, senderos de gozo eterno,
si por un instante pudieras contemplar como yo esta belleza,
en nada comparable al resto de las cosas!
Tú me has visto y amado en el país de las sombras.
Créeme presente en las nuevas realidades.
Créeme porque la muerte vendrá a soltar tus ataduras
como soltó las que a mí me encadenaban.
Y cuando un día que Dios ha fijado y conoce,
tu alma venga a este cielo en que te ha precedido la mía,
compartiremos juntos la eterna luna de miel.
¡Enjuga tus lágrimas y no llores más, si de verdad me amas!
Aleluya, porque el Señor ha resucitado.

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