Exaltación de la Santa Cruz
Cada 14 de septiembre, la Iglesia nos invita a levantar la mirada hacia la Cruz de Cristo. La contemplamos con gratitud, porque en ella descubrimos hasta dónde llega el amor de Dios por cada ser humano. Jesús entrega su vida libremente, permanece fiel al Padre y abraza nuestra humanidad herida para conducirla hacia la salvación. Aquello que parecía un lugar de derrota se convierte, por la entrega de Cristo, en signo de victoria, fuente de esperanza y camino hacia la vida eterna.
Celebrar la Exaltación de la Santa Cruz significa
reconocer que nuestra fe nace de un amor llevado hasta el extremo. Como expresa
el evangelista san Juan: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito,
para que todo el que cree en él tenga vida eterna» (Jn 3,16). En la Cruz contemplamos
este amor hecho carne, un amor que se ofrece, sostiene y permanece.
La Cruz nos revela la medida del amor de Dios
Cuando miramos a Cristo crucificado, comprendemos que
Dios se acerca a nuestra vida desde dentro. Jesús conoce el dolor, la soledad,
el cansancio, la incomprensión y el abandono. Su presencia alcanza cada rincón
de nuestra historia y nos muestra que ningún sufrimiento queda fuera del
abrazo de Dios.
La Cruz nos habla de un amor plenamente entregado.
Cristo abre sus brazos para acoger a la humanidad entera y convierte su vida en
don. Su entrega nace de la libertad y de una comunión profunda con el Padre:
«Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13).
Al contemplarlo, sentimos que también nosotros somos mirados, amados y llamados
por nuestro nombre.
La Cruz transforma nuestra manera de vivir
Acoger la Cruz de Cristo va mucho más allá de llevar
un símbolo o dirigir hacia ella nuestra mirada. Implica permitir que su amor
configure nuestras relaciones, decisiones y compromisos cotidianos. La Cruz
se hace presente cada vez que elegimos servir, perdonar, acompañar y cuidar,
especialmente cuando estos gestos requieren entrega y perseverancia.
Quizá también atravesamos momentos que pesan: una
enfermedad, una ausencia, una ruptura, una preocupación familiar o una etapa
llena de incertidumbre. En esas experiencias podemos acercarnos a Jesús y
confiarle cuanto llevamos dentro. Él sostiene nuestra fragilidad y nos concede
la fuerza necesaria para seguir caminando. Unidas a su entrega, nuestras cruces
pueden convertirse en lugares de encuentro, fecundidad y crecimiento interior.
La Cruz abre un horizonte de esperanza
La Cruz siempre apunta hacia la Resurrección. Por eso
la exaltamos: porque Cristo ha vencido al pecado y a la muerte, y ha abierto
para todos un camino de vida. Nuestra esperanza cristiana tiene el rostro de
Jesús crucificado y resucitado, que permanece a nuestro lado y nos recuerda
que el amor posee la última palabra.
Esta fiesta nos invita a mirar nuestra propia historia
desde esa esperanza. Cada herida puede ser visitada por la gracia; cada entrega
realizada con amor puede dar fruto; cada noche puede abrirse a una mañana
nueva. Al hacer la señal de la cruz, recordamos quiénes somos: hijos amados del
Padre, salvados por Cristo y habitados por el Espíritu Santo.
Hoy levantamos la mirada y decimos juntos: Señor
Jesús, enséñanos a permanecer cerca de tu Cruz, a reconocer en ella tu amor
incondicional y a vivir con un corazón dispuesto a entregarse. Que tu Cruz
sostenga nuestras cruces, fortalezca nuestra fe y nos conduzca hacia la
plenitud de la vida que Tú nos prometes.
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