La formación: aprender a comprender
La llamada
de Dios se recibe en un momento concreto de la historia, pero comprenderla y
aprender a vivirla requiere toda una vida. La consagración inaugura un camino
que necesita escucha, formación, discernimiento y una disponibilidad que
permita dejarse transformar, porque responder a una vocación no significa haber
llegado a una meta; significa comenzar un proceso en el que cada etapa trae
consigo nuevas preguntas, purifica algunas motivaciones y permite comprender
con mayor profundidad el don recibido.
En ese
camino, formarse es mucho más que estudiar; es aprender a reconocer la
presencia de Dios en la Escritura, en la oración, en la vida de la Iglesia y en
la realidad concreta de las personas; adquirir fundamentos que ayuden a
comprender la propia vocación y, al mismo tiempo, desarrollar una capacidad de
escucha y de discernimiento que permita acercarse a situaciones humanas que
casi nunca son sencillas.
La formación
ofrece palabras para expresar la fe y criterios para interpretar la realidad, y
también herramientas para servir con responsabilidad. Ayuda a no confundir
fácilmente las propias preferencias con la voluntad de Dios, a revisar
respuestas que quizá hemos repetido durante años y a comprender que acompañar a
una persona exige algo más que tener una respuesta preparada.
Lo estudiado
necesita atravesar la vida, confrontarse con ella, dejarse tocar por las
preguntas que aparecen cuando la realidad no encaja del todo en nuestros
esquemas. Entonces el conocimiento empieza a convertirse en otra cosa: permite
escuchar mejor, comprender con mayor hondura, cuidar con más delicadeza y, poco
a poco, puede llegar a convertirse en sabiduría.
La experiencia: dejarse enseñar por lo vivido
La
experiencia de los años al servicio de los demás enseña cosas que ningún libro
puede transmitir por completo, quizá porque solo se comprenden cuando se han
vivido: que cada persona necesita su tiempo, que las decisiones tienen
consecuencias, que una palabra puede acompañar durante años y otra puede dejar
una herida difícil de olvidar, que incluso aquello que hacemos con buena
intención necesita alguna vez ser revisado a la luz de los efectos que produce.
Con el paso
del tiempo he ido comprendiendo que el discernimiento rara vez consiste en
aplicar respuestas automáticas. Muchas veces obliga a detenerse, mirar de
nuevo, escuchar voces distintas de la propia y aceptar incluso la posibilidad
de que Dios nos esté mostrando algo a través de alguien que contempla la realidad
desde otro lugar.
La
experiencia aporta memoria y perspectiva, permite reconocer procesos, anticipar
algunas dificultades y cuidar mejor aquello que se nos ha confiado, aunque
también necesita permanecer abierta. Cuando uno piensa que los años vividos ya
le han enseñado todo lo necesario, la experiencia puede convertirse simplemente
en costumbre; cuando seguimos permitiendo que la realidad nos interrogue,
continúa siendo una verdadera escuela.
Por eso no
entiendo la experiencia como un título de superioridad, pero tampoco como algo
que deba esconderse para parecer humilde. Lo vivido deja huella, enseña, cambia
la mirada y, cuando ha sido discernido, puede ponerse al servicio de otros.
La formación
tampoco hace que una persona tenga siempre razón. Precisamente porque ha
recibido formación debería sentirse más obligada a argumentar con rigor,
revisar sus afirmaciones, reconocer cuándo puede equivocarse y poner aquello
que sabe al servicio de una búsqueda que muchas veces tendrá que ser
compartida.
La consagración: convertir lo recibido en entrega
Algo
semejante ocurre con la consagración, no concede una categoría superior dentro
de la comunidad cristiana ni sitúa a quien ha sido consagrado por encima de
nadie; configura una manera concreta de pertenecer a Cristo y de ofrecer la
propia vida al servicio de la Iglesia y del mundo.
A lo largo
de los años he ido comprendiendo que reconocer lo recibido no es orgullo. El
problema aparece cuando convertimos los dones en propiedad, cuando aquello que
sabemos, la experiencia que hemos acumulado o incluso la misión que se nos ha
confiado se convierte en argumento para imponernos o para dejar de escuchar.
La humildad cristiana, al menos como yo la entiendo, tampoco consiste en negar lo que somos, silenciar lo aprendido o comportarnos como si los años no hubieran dejado en nosotros ninguna sabiduría. Tiene mucho más que ver con conocer la verdad de aquello que hemos recibido y recordar para qué lo hemos recibido.
- Quien se ha formado puede compartir lo aprendido sin necesitar demostrar que sabe más.
- Quien ha recorrido un camino largo puede ofrecer su experiencia sin convertirla en norma para los demás.
- Y quien ha entregado su vida a Dios necesita volver una y otra vez al sentido de esa entrega, porque la consagración solo se comprende verdaderamente desde la disponibilidad, desde ese ir dejando que la propia vida sea cada vez más de Dios y, precisamente por eso, más entregada a los demás.
Eso obliga
también a aprender a expresar el propio criterio sin convertirlo en medida absoluta
y a escuchar una mirada diferente sin recibirla inmediatamente como una
amenaza. La comunión nunca ha significado que todos tengamos que pensar
exactamente igual; nace mucho más de la capacidad de reconocer que el otro
puede aportar algo que yo no veo y de aceptar que los dones recibidos
encuentran su sentido cuando entran al servicio de algo mayor que nosotros
mismos.
En la
Iglesia necesitamos poder hablar y necesitamos aprender a escuchar. Necesitamos
que quien se ha preparado pueda aportar lo que sabe, que quien lleva años
caminando pueda ofrecer lo que ha aprendido y que quien recibe una
responsabilidad comprenda que ejercerla evangélicamente tiene mucho que ver con
ayudar a crecer los dones de quienes le han sido confiados.
Yo, al
menos, he llegado a considerar que formación, experiencia y consagración son
tres realidades importantes en mi manera de comprender y vivir la vocación.
No porque me concedan un lugar especial ni porque hagan que mi criterio tenga
que prevalecer, sino porque forman parte de una historia recibida que no
tendría sentido guardar para mí misma.
La formación
me ha ayudado a comprender muchas cosas y a descubrir todo lo que todavía
necesito aprender; la experiencia me ha enseñado a mirar con más cuidado
aquello que antes quizá habría juzgado demasiado deprisa, y la consagración
continúa recordándome cuál es la dirección de todo ello: la entrega.
Tal vez ahí
esté una de las tareas más hondas de toda vida consagrada, aprender a convertir
lo recibido en servicio sin apropiarse de ello, seguir siendo discípula después
de muchos años y dejar que Dios utilice incluso aquello que hemos ido
aprendiendo por el camino.
Porque al
final no deseo saber más para ocupar más espacio, ni haber vivido más para
tener más autoridad, lo que deseo es que lo aprendido, lo vivido y lo entregado me ayuden
a servir mejor, con mayor libertad y con una mirada cada vez más hospitalaria,
sabiendo que la obra pertenece a Dios y que yo, con todo lo recibido y también
con mis límites, solo quiero seguir aprendiendo a ser instrumento de su amor en sus manos.
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