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Hacer bien el bien: la excelencia como un acto de fidelidad

 


Hay algo dentro de nosotros que nos impulsa a dar lo mejor, a cuidar los detalles, a hacer las cosas con amor y con verdad. Es un acto de coherencia, una expresión de fidelidad a lo que creemos, más que un perfeccionismo malentendido. No es una imposición externa, sino una motivación intrínseca, esa fuerza interior que nos lleva a actuar desde el sentido y no desde la obligación. Lo vivimos no por la mirada de los demás, sino porque sentimos que así es como debe ser. Cuando lo que hacemos tiene sentido, cuando respondemos a aquello en lo que creemos, lejos de convertirse en una carga o en una exigencia que oprime, se transforma en una llamada interior que ensancha el alma y refuerza nuestra autodeterminación, permitiéndonos vivir con mayor autonomía y plenitud.

A veces nos dicen que hay que aflojar, que no merece la pena ser tan exigentes, que el perfeccionismo desgasta. Y me pregunto, ¿realmente se entiende lo que hay detrás? Quizás la clave no esté en rechazar el deseo de hacer las cosas bien, sino en comprender desde dónde nace. Porque cuando surge del miedo al error, se convierte en un perfeccionismo desadaptativo, que asfixia y roba la paz; pero, cuando brota de la coherencia y del amor a lo que hacemos, nos encontramos con un perfeccionismo adaptativo, ese que impulsa a crecer con libertad, que nos ayuda a mejorar sin que el error se convierta en una condena.

Hay una gran diferencia entre la exigencia que esclaviza y la excelencia que ensancha. Una nos hace depender del reconocimiento ajeno, nos llena de miedos y nos roba la paz. Esa es la autoexigencia que pesa y agota, la que convierte cada error en un motivo de frustración y desaliento. La otra nos impulsa a dar lo mejor, no como una carga, sino como una respuesta natural a lo que llevamos dentro. La impecabilidad no tiene sentido si es una meta impuesta, pero cuando es una expresión de lo que creemos, se convierte en camino de plenitud y crecimiento personal.

Intentar hacer bien el bien no es una obsesión, sino una forma de amar. Es cuidar lo que se nos confía, disfrutar el proceso de dar lo mejor en cada paso. Es entrar en ese estado de fluir del que hablaba Csikszentmihalyi, donde el tiempo parece desaparecer y todo cobra sentido, porque no se trata de compararnos ni de demostrar nada, sino de responder con autenticidad a lo que hemos recibido. Cuando vivimos así, la exigencia no nos agota, sino que nos llena. Encontramos sentido en lo que hacemos, y aquí es donde la logoterapia de Viktor Frankl ilumina el camino: el sentido no se encuentra en la ausencia de dificultad, sino en la capacidad de dotar de significado cada esfuerzo, cada entrega, cada paso.

Ser exigentes con nosotros mismos puede ser un camino hermoso cuando nace del deseo de ser coherentes. Más que falta de misericordia, es una forma de autenticidad. Más que miedo a fallar, es confianza en la posibilidad de crecer, en la certeza de que siempre hay un nuevo paso que dar, un aprendizaje que integrar, una oportunidad para mejorar. Y sí, habrá errores, habrá días en los que no lleguemos a todo, en los que las fuerzas no acompañan; sin embargo, la resiliencia nos recuerda que la fidelidad no está en no caer nunca, sino en la perseverancia, en la intención sincera de seguir adelante con lo que tenemos, confiando en que lo pequeño también construye algo grande.

La excelencia es una forma de caminar con integridad; es la certeza de que lo bueno merece ser bien hecho, no por presión, sino porque hacerlo bien es ya una alegría en sí misma. Es saber que el "da igual" o el “no pasa nada si no se hace” no llevan a nada grande, que lo pequeño y cotidiano también es espacio de encuentro con Dios. Ese encuentro da sentido a cada esfuerzo silencioso, a cada entrega discreta, a cada detalle hecho con amor.

Es plenitud vivida con verdad. Es el gozo de saberse en el camino correcto, sin miedo al error, pero con la certeza de que todo lo que se hace con amor, por pequeño que sea, nos transforma. Amor que se traduce en obras. Es hacer de cada cosa, por pequeña que sea, un reflejo de lo mejor que llevamos dentro, porque ahí es donde encontramos nuestra verdadera identidad; y eso, lejos de quitarnos la paz, nos la devuelve. Nos hace sentirnos en casa. Nos hace sentirnos en Dios. 


@pasbiopal


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