Nuestra Señora del Rosario
Hay oraciones que aprendimos hace tantos años que parecen formar parte de nosotros y que, con el paso del tiempo, van adquiriendo una hondura nueva, porque las mismas palabras que quizá escuchamos por primera vez de labios de nuestros padres, nuestros abuelos o de alguien que nos enseñó a rezar comienzan a llenarse de nuestros propios rostros, preocupaciones, agradecimientos, heridas y esperanzas; así sucede con el Rosario, una oración sencilla que nos acompaña en momentos muy diferentes de la vida y que nos invita a entrar, de la mano de María, en los misterios de su Hijo. Rezar el Rosario es dejarnos conducir hacia Jesús, contemplar con María su vida y descubrir que también nuestra historia puede ser mirada desde la fe, sostenida por la esperanza y confiada al amor de Dios.
Mirar a Jesús con María
Cada misterio del Rosario abre ante
nosotros una escena del Evangelio y nos permite detener la mirada en Jesús,
contemplar cómo acoge, cómo sirve, cómo ama, cómo entrega su vida y cómo vence
a la muerte, mientras María nos acompaña con esa actitud interior que el
evangelista Lucas describe diciendo que «conservaba todas estas cosas,
meditándolas en su corazón» (Lc 2,19); rezar así puede convertirse en una
verdadera escuela de contemplación, porque aprendemos a mirar cuanto vivimos
con mayor profundidad y a preguntarnos dónde está Dios presente en medio de
nuestra propia historia. María nos enseña a guardar la vida en el corazón y
a descubrir en ella las huellas de Dios, incluso cuando todavía estamos
intentando comprender lo que sucede o necesitamos tiempo para reconocer hacia
dónde nos conduce el Señor.
Poner nuestra vida entre las cuentas del Rosario
Cuando tomamos el Rosario entre las
manos llevamos con nosotros todo aquello que forma parte de nuestra existencia:
las personas que amamos, quien atraviesa una enfermedad, quien vive un duelo,
las familias que buscan reconciliarse, quienes necesitan consuelo, nuestros
proyectos, nuestras preocupaciones y también tantas razones para dar gracias;
cada avemaría puede convertirse entonces en un espacio de confianza donde
presentamos esas vidas ante Dios y dejamos que nuestro corazón se ensanche
hasta acoger realidades que van mucho más allá de nosotros mismos. El
Rosario nos educa en la intercesión y nos ayuda a convertir el amor por los
demás en oración, haciendo que las necesidades de nuestra familia, nuestra
comunidad, la Iglesia y el mundo encuentren un lugar concreto en nuestro
encuentro con el Señor.
Aprender a vivir el Evangelio
María orienta siempre nuestra mirada
hacia Jesús y en Caná nos dejó unas palabras capaces de acompañar toda nuestra
vida cristiana: «Haced lo que Él os diga» (Jn 2,5); al recorrer los misterios
del Rosario vamos escuchando de nuevo esa invitación y permitimos que aquello
que contemplamos vaya descendiendo hasta nuestra vida cotidiana, transformando
nuestra forma de acoger, perdonar, acompañar, servir y permanecer cerca de
quienes necesitan una presencia fraterna. El Rosario lleva el Evangelio
desde nuestros labios hasta el corazón y desde el corazón hasta nuestra manera
de vivir, porque contemplar a Cristo despierta en nosotros el deseo de
parecernos cada vez más a Él.
Celebrar a Nuestra Señora del
Rosario puede ser una oportunidad preciosa para redescubrir esta oración con
una mirada renovada y volver a tomar entre nuestras manos esas cuentas que
tantas generaciones de cristianos han recorrido antes que nosotros, sabiendo
que en cada misterio María camina a nuestro lado y nos conduce hacia su Hijo. Cuenta
tras cuenta aprendemos a reconocer a Jesús presente en nuestra historia y
dejamos que su vida vaya dando forma a la nuestra, hasta hacer del Rosario
algo más que unas palabras conocidas: un camino cotidiano de encuentro,
confianza y crecimiento en la fe.
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