Desde tu mesa, sígueme

 


Hay escenas del Evangelio que parecen pequeñas y, al detenernos en ellas, descubrimos que contienen una vida entera. Mateo está sentado en su mesa de impuestos. Probablemente aquella mañana comenzó como tantas otras: trabajo, cuentas, gente que entra y sale, asuntos pendientes. Hasta que Jesús pasa por allí, fija su mirada en él y pronuncia dos palabras capaces de cambiarlo todo: «Sígueme» (Mt 9,9).

Mateo se levanta y comienza a caminar detrás de Jesús. Su mesa queda atrás y empieza una historia nueva.

Quizá por eso su experiencia puede ayudarnos a mirar nuestra propia vocación desde un lugar muy concreto: Cristo sigue pasando por nuestra vida y sigue llamándonos desde aquello que estamos viviendo hoy.

Jesús nos encuentra en nuestra propia mesa

Cada uno tenemos nuestra particular «mesa de impuestos»: ese lugar donde transcurre nuestra vida cotidiana, donde trabajamos, estudiamos, cuidamos, soñamos, tomamos decisiones, acumulamos preocupaciones o buscamos seguridad.

Jesús se acerca precisamente ahí. Dios entra en nuestra historia real, en nuestra vida tal como está hoy. Su llamada puede alcanzarnos mientras hacemos algo aparentemente ordinario, durante una conversación, ante una decisión que llevamos tiempo aplazando, acompañando el sufrimiento de alguien, rezando en silencio o descubriendo de pronto que algo dentro de nosotros pide un cambio.

Tal vez merezca la pena preguntarnos: ¿dónde está hoy nuestra mesa de impuestos? ¿Desde qué lugar concreto de nuestra vida Jesús está pronunciando otra vez: «Sígueme»?

La llamada nos pone en camino

Mateo recibe una palabra y responde levantándose. Desconoce todavía los caminos que recorrerá junto a Jesús, las personas que encontrará, las preguntas que surgirán o aquello que tendrá que aprender. Da un primer paso.

También nosotros querríamos a veces disponer del mapa completo antes de decidirnos. Sin embargo, la fe suele crecer de otra manera. La vocación comienza muchas veces confiando el siguiente paso a Cristo.

Seguirle permite que Él vaya reorganizando nuestras prioridades, nuestra forma de relacionarnos, nuestros proyectos y nuestra manera de comprendernos. Quizá descubramos una llamada grande que marque nuestra existencia. Quizá hoy la llamada sea mucho más sencilla: acercarnos a alguien, reconciliarnos, servir, dedicar tiempo a la oración, comprometernos con una realidad que necesita nuestras manos o atrevernos a entregar aquello que llevamos dentro.

Cada respuesta va educando nuestro corazón para reconocer su voz.

Cristo llama a la persona que somos hoy

Hay algo profundamente hermoso en este encuentro: Jesús mira a Mateo sentado ante su mesa y allí mismo lo llama. La mirada de Cristo ve en nosotros posibilidades que quizá nosotros todavía somos incapaces de descubrir.

Su llamada abre caminos. Su presencia transforma. Su amistad hace crecer.

Por eso la vocación cristiana puede comprenderse también como una sucesión de encuentros con Jesús en medio de nuestra historia. Hay días que pasan casi inadvertidos. Y hay días en los que descubrimos que Cristo está pasando. Ese instante cotidiano puede convertirse en kairós, en tiempo de Dios, cuando reconocemos su presencia y permitimos que su palabra encuentre espacio dentro de nosotros.

Hoy podemos quedarnos unos minutos junto a Mateo y escuchar personalmente aquellas palabras: «Sígueme».

Quizá la pregunta que acompañe nuestra oración durante esta semana sea sencilla:

«Señor, ¿desde dónde me estás pidiendo hoy que me levante para seguirte?»

Y quizá todo comience ahí: escuchando, levantándonos y dejando que Cristo escriba con nosotros la siguiente página de nuestra historia.

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