1. ¿Quién soy yo?
Tal vez puede ayudar a cada lector a mirar su propia identidad con verdad y ternura, descubriendo que antes de cualquier logro o fracaso hay una mirada de Dios que lo conoce y lo llama por su nombre.
Vivimos rodeados de espejos. Nos miramos en la pantalla del móvil, en la
opinión de los demás, en los resultados del trabajo o de los estudios, en el
número de personas que nos siguen. Cada uno de esos espejos nos devuelve una
imagen parcial, a veces amable y muchas veces exigente, y con el tiempo podemos
acabar creyendo que somos lo que esos reflejos dicen de nosotros. La pregunta
¿quién soy yo? aparece entonces con fuerza, sobre todo en los momentos de
cambio, de cansancio o de pérdida, cuando las seguridades se mueven y
necesitamos un suelo firme donde apoyarnos.
La fe cristiana ofrece una respuesta que comienza mucho antes de nuestras
capacidades. El profeta Isaías pone en boca de Dios unas palabras que sostienen
toda la existencia humana: «No temas, que te he redimido, te he llamado por tu
nombre, tú eres mío» (Is 43,1). Somos conocidos por nombre, y ese nombre está
pronunciado con amor. El salmista lo expresa con asombro al reconocer que Dios
lo ha tejido en el seno de su madre y conoce hasta el fondo de su alma (Sal
139,13-14).
Esta mirada de Dios nos libera de dos tentaciones frecuentes:
- La primera es la de construir nuestra identidad a base de rendimiento, como si valiéramos únicamente por lo que hacemos.
- La segunda es la de quedarnos atrapados en las heridas y en los errores, como si nos definieran para siempre.
Descubrir quiénes somos ante Dios es un camino que dura toda la vida.
Empieza con un gesto muy sencillo: dejarnos mirar. Cuando permitimos que Dios
nos mire, aprendemos poco a poco a mirarnos con más verdad y a mirar también a
los demás con la misma ternura que hemos recibido.
Oración:
Señor Jesús:
tú pronuncias nuestro nombre
con amor.
Enséñanos a escuchar tu voz
por encima de todos los espejos.
Danos una mirada limpia sobre
nosotros mismos,
una mirada humilde,
agradecida y serena.
Que cada día descubramos en
tu llamada
el lugar donde descansa
nuestra verdad.
Y que, sabiéndonos tuyos,
aprendamos a mirar a los demás con tu misma ternura.
«Llamados por nuestro nombre,
vivimos en tu mirada».
Amén.
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