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La familia del enfermo

A lo largo de la historia, la familia ha sido y sigue siendo, la primera y más importante institución asistencial del mundo sanitario, lo es por su cercanía, por las prestaciones que ofrece, por su comunicación, su participación, su presencia y afectividad, y, principalmente por su amor fraterno y servicial hacia el enfermo, su ser querido.

Cuando una persona enferma, la familia también enferma y se ve afectada, a veces profundamente. La enfermedad trastorna el ritmo de vida de toda la familia, puede desestabilizarla y suele producir desequilibrios emocionales. La familia necesita al igual que el enfermo, y a veces más, que se promueva y acompañe el desarrollo de la parte espiritual, dentro de la asistencia integral del paciente.

El primer momento de intervención que se realiza con la familia, se produce en el momento de la acogida, es cuando podemos empezar a dar un apoyo humanizado, primero tenemos que conocer a la familia, acercarnos y escuchar sus problemas, según las necesidades, buscamos medios y cauces para estar cerca y acompañarlas, para poder resolver los diversos problemas, teniendo siempre en cuenta que trabajamos formando parte de un equipo multidisciplinar.

Se realizan posteriores seguimientos, que nos ayudan a entender y vivir mejor nuestro acercamiento al paciente, dentro del marco familiar, extendiendo a estos nuestra misión evangelizadora y de humanización.

En nuestro acompañamiento espiritual, no podemos permanecer insensibles ante el sufrimiento que ocasiona en la familia la enfermedad de alguno de sus miembros, tenemos que ser apoyo emocional, compartiendo el sufrimiento y las penas que la enfermedad conlleva, infundiendo consuelo y esperanza, reconfortando en la angustia, ayudando a liberar miedos y temores, estando cerca de la familia abrumada por la enfermedad.

A la familias también se les puede invitar a celebrar la fe y los sacramentos, junto con los pacientes y demás miembros de la comunidad terapéutica, haciéndoles partícipes de la vivencia que experimentan sus seres queridos, en su relación consigo mismo, con los demás pacientes, y con Dios amigo, en la convivencia y en la integración, inspirando en los familiares el amor y la fraternidad.


Norka C. Risso Espinoza

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