Ir al contenido principal

Sobre la muerte y los moribundos


Quiero empezar esta entrada con las palabras de Rabindranath Tagore:
           
No me dejes pedir protección ante los peligros, sino valor para afrontarlos.
No me dejes suplicar que se calme mi dolor, sino que tenga ánimo para dominarlo.
No me dejes buscar aliados en el campo de batalla de la vida, como no sea mi propia fuerza.
No me dejes anhelar la salvación lleno de miedo e inquietud, sino desear la paciencia necesaria para conquistar mi libertad.
Concédeme no ser un cobarde, experimentar tu misericordia sólo en mi éxito; pero déjame sentir que tu mano me sostiene en mi fracaso.

Estas palabras son como el prefacio de este libro de Elisabeth Kübler-Ross, «Sobre la muerte y los moribundos».

Este es uno de esos libros que cuido porque es especial para mí, los motivos son varios, uno de ellos es que es un regalo de mi amiga Olimpia. Este es uno de esos libros que es difícil que te regalen, el título para empezar no invita a ello; sin embargo, los que me conocen saben que por mi  profesión continuamente estoy intentando estar al día en estos temas.


Negar la muerte como hecho individual o social (con mecanismos del tipo «ya me preocuparé cuando sea necesario») tiene una importante consecuencia: la falta de preparación psicológica cuando se presenta el trance; especialmente en el paciente, pero también en los allegados o el equipo que lo atiende.

‘Sobre la muerte y los moribundos’ cubre esta carencia. A través de la identificación y comprensión de los sentimientos de los moribundos, esta obra muestra cómo controlar dichas emociones y cómo transformar las actitudes para aliviar el sufrimiento. Por ello. Este libro es indispensable para todas las personas que deseen abordar su futuro con responsabilidad

Comentarios

Entradas populares de este blog

Resonancias: Cuando el fruto aún no se ve, pero el Espíritu ya está

En pasbiopal queremos compartir contigo esta reflexión: Enseñar Se dice que el Espíritu enseña todo, y es cierto: enseña con silencios, con intuiciones, con ese olfato interior que ayuda a discernir lo que alimenta y lo que no. Pero también se aprende con palabras, con contenidos, con aquellos saberes que, lejos de estorbar, afinan la sensibilidad. Hay quienes descubren a Dios en un gesto sencillo, y hay quienes necesitan primero ponerle nombre a las cosas para reconocer su sabor. A veces, para saber si algo huele a Evangelio, antes hay que haber olido muchas cosas. Y eso también se enseña. Porque el corazón, cuando se forma bien, no está reñido con la inteligencia; se afinan mutuamente. Recordar Se dice que el Espíritu recuerda lo bello, no lo que hiere. Y ojalá fuera siempre así. Pero a veces el recuerdo llega mezclado, y en él laten tanto la belleza como la ausencia. Hay recuerdos que curan y otros que reclaman. Y está bien: no todo lo que duele es ajeno a Dios. A veces el mis...

La verdad que sana y la que hiere: cuando corregir no es amar

En pasbiopal queremos compartir contigo esta reflexión: La corrección fraterna es un arte, una entrega del alma que nace del amor incondicional y del profundo deseo de ver crecer al otro, se trata de descentrarse. Es luz en medio de la sombra, un gesto de ternura que se ofrece sin esperar nada a cambio, solo con la intención de ayudar a pulir las imperfecciones que nos impiden brillar con nuestra verdadera esencia. Es un acto de auténtica fraternidad, un lazo que respeta la dignidad de cada ser humano y le recuerda que su valor no está en sus aciertos o errores, sino en su ser. A veces, sin embargo, la verdad que se nos dice no nos libera, sino que nos aplasta. No porque la verdad sea dura en sí misma, sino porque la manera en que se nos entrega no busca sanar, sino someter. La diferencia entre una corrección fraterna y un juicio disfrazado de ayuda no está en las palabras exactas que se usan, sino en el corazón desde el que brotan o incluso desde el enfado desde el que brotan. La ...

Habitar la herida sin dejar de amar

En pasbiopal queremos compartir contigo esta reflexión: Hay momentos en los que el alma ha sido herida, y levantar barreras parecería la opción más sencilla. Tomar distancia, argumentar desde la razón, esconder lo vulnerable bajo una apariencia de firmeza. Sin embargo, hay quien, aun herido, escoge un camino distinto. Desea responder desde la fidelidad a Dios, sin negar lo que duele, pero sin dejar que ese dolor determine su forma de amar. Esa elección no protege ni adormece. No grita, pero tampoco silencia lo injusto. No señala con dureza, pero tampoco borra las huellas del daño. Amar desde ahí no es un ejercicio sentimental, es una forma de verdad. Una manera de permanecer sin traicionarse, de decir lo necesario sin aplastar, de ofrecer cuidado sin disfrazar el conflicto. No se trata de fingir calma ni de negar lo que se sufre, sino de dejar que el amor se convierta en raíz y no en respuesta. Solo desde ese lugar profundo, donde Dios permanece, puede sostenerse una fidelidad así. ...